El domingo 28 de abril la comunidad pochana conmemoró un
nuevo aniversario del Pacto de los Chañares la localidad de Villa de Pocho es
testigo cada año de esta tradicional celebración organizada por el grupo
solidario Compromiso Pochano que recuerda el primer grito libertario de América
en contra de la opresión española.
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A continuación compartimos un artículo escrito por la
escritora Isabel Lagger.
Una desconocida Fuenteovejuna
en Traslasierra
Por Isabel Lagger. Escrito en 2004. Fuente: La voz del Interior
Hace exactamente 260 años, cuando Córdoba pertenecía al Virreinato del Perú
y desconocía los límites interprovinciales actuales, tuvo lugar, en un rincón
de Traslasierra, una revolución comunera de la que poco se habla
El alzamiento, minúsculo en número pero de marcada
significación respecto a las ideas libertarias, estrenaría la efervescencia
revolucionaria mucho antes del 25 de mayo de 1810. Si Fuente Ovejuna, de Lope
de Vega, significa una toma de conciencia del poder popular frente al
despotismo de un comendador, ésta bien puede considerarse la réplica autóctona
del mismo hartazgo. Conviene evocar tales acontecimientos porque constituyen
los primeros pasos hacia la libertad. Son, en definitiva, un auténtico gateo de
nuestra civilidad.
Los
acontecimientos
“Haciendo averiguación/ del cometido delito, / una
hoja no se ha escrito/ que sea en comprobación; pues conformes a una, / con un
valeroso pecho, / en pidiendo quien lo ha hecho, / responden: Fuente Ovejuna”,
dice en sus tramos finales la tragedia de Lope de Vega.
Dos siglos después de haber sido publicada, se
produciría la mencionada epopeya libertaria en Traslasierra. Aún no se había
declarado la independencia de los Estados Unidos, ni había estallado la Revolución
Francesa y restaban cuatro años para que se produjera el nacimiento del general
San Martín. Unos 260 años atrás, la idea del “Común” cobraría fuerza y valor
–aunque por breve lapso– al dejar de lado los dolores individuales para
fortalecerse junto al otro. A ese sentimiento conjunto debemos la compulsiva
acción del grupo de serranos que enfrentaría a un déspota virreinal en nuestras
tierras (Córdoba pertenecía entonces al Virreinato del Perú y habría de esperar
dos años todavía para que se creara el Virreinato del Río de la Plata, que la
incluiría dentro de su jurisdicción). Pero el acontecimiento protagonizado por
un puñado de hombres alzados que clamaban “Vox populi… vox Dei” ha sido misteriosamente
olvidado en Córdoba.
A principios del siglo XVIII, en el austero caserío
de la región de Pocho, el constructor Juan Pedro Perales levantaba la capilla
de San Francisco Javier, a pedido de doña Flora Brizuela, sin saber que esa
casa de oración habría de ser después el epicentro de un incendio revolucionario
que alteraría el resignado ambiente rural. Unos 27 años antes, en un rancho
escondido en las inmediaciones –más precisamente en Punta de Agua– había
llegado al mundo Basilio Quevedo, protagonista de relevancia de esta historia.
Este “Quijote” serrano lideraría a campesinos hartos del vasallaje, sin
conocer, como el manchego, libros de caballería ni de ninguna otra especie.
Contaba sí con 200 escuderos armados con chuzas, cuchillas, macanas y
boleadoras para emprender la gesta. No uno solo, como Sancho Panza, sino dos
centenas de iguales –aferrados a la idea del “Común”– y dispuestos a alzarse
contra las arbitrariedades de las autoridades locales. Como su émulo de Fuente
Ovejuna, el Maestre de Campo, José de Isasa, ejercía función de juez Civil y
Comercial con sentido despótico. Su palabra, por lo tanto, no admitía
réplicas.
Desde ese absolutismo, dos meses antes del
acontecimiento en cuestión, dispondría no aceptar al párroco enviado por el
Obispado en reemplazo del cura del lugar, el doctor Tomás Tadeo Funes. Sus
deseos jamás se cuestionaban. No obstante, y debido a la dimensión del
oponente, difundió entre los vecinos y capitanes de milicia la idea del
“común”. Se proponía involucrarlos para que ellos impidieran que el nuevo
prelado, doctor Alberto Guerrero, tomara contacto con la feligresía. El “amo y
señor” sentenció –en alianza con el también déspota y antojadizo juez Pedáneo,
José de Tordesillas, y ni un “aleluya” pudo exclamar el designado párroco
Guerrero ante quienes proferían a gritos que la suya era la voz de Dios, a
instancias de Isasa.
Pero las ideas suelen tener un efecto bumerán en
ocasiones. Descubrir que unidos tenían otra entidad produjo enorme sorpresa
entre el campesinado, aun cuando secundaran al todopoderoso señor de la región.
Pero no todo estaba dicho. Cuando las autoridades eclesiásticas amenazaron
denunciarlos como sediciosos ante el Santo Tribunal de la Inquisición, se
produjo un notable viraje en la actitud de José de Isasa. El terror que le
infundían los inclementes jueces lo impulsaría a proponer una tregua, que
consistiría en la promesa de envío, como prenda de paz, de 200 de sus
milicianos a la frontera sur. Todo esto sin consultar a sus “comuneros”.
“La sobrada tiranía/ y el insufrible rigor/ del
muerto comendador ,/ que mil insultos hacía,/ fue el autor de tanto daño. Las
haciendas nos robaba/ y las doncellas forzaba/ siendo de piedad extraño/”,
parecía dictar Lope de Vega en los oídos comuneros.
Ninguno había leído el libro, ni siquiera conocían
su existencia, pero reaccionaron al saberse poseedores de un poder desconocido.
Se rebelan entonces contra los designios del Maestre de Campo y del propio juez
Pedáneo, y el 3 de abril de 1774 un clamor desconocido se escucha en
Traslasierra. Un clamor que hace caer los primeros eslabones de una cadena,
tras el cual pasan de ser dominados a dominadores.
Los poderosos son llevados prisioneros. Isasa a San
Luis de la Punta, y el juez Tordesillas a Río de la Punta. Un odio momentáneo
irrumpe entre los comuneros y no falta quien proponga atar al juez a la cola de
un caballo como escarmiento, pero alguien controla la barbarie. Seis años más
tarde, en la plaza principal de Cuzco sería descuartizado el inca Túpac Amaru
por encabezar una rebelión semejante. La de Traslasierra, es pues, el antecedente
pocas veces nombrado de la rebelión popular más importante de la historia
colonial de América. “Cuando se alteran los pueblos agraviados, y resuelven,/
nunca sin sangre o sin venganza vuelven”.
Los comuneros serían comandados por Cipriano Hurtado
de Lara, pero al producirse la fuga de Isasa, cede el bastón de mando a Basilio
Quevedo. (Isasa llega hasta Punta de Agua para denunciar el alzamiento.
Necesitaba suavizar con ese gesto sus “pecados demagógicos”). Un nativo del
lugar, Quevedo, ocupa entonces el centro de la escena, secundado por valientes
campesinos y por el cura de San Javier, el presbítero Bartolomé Moreno. “Juntad
el pueblo a una voz/ que todos están conformes/ en que los tiranos mueran”.
Luego de rápidas gestiones del común, el Obispado
admite que el padre Guerrero no ocupe el cargo en la región. Los rebeldes
–temiendo posibles argucias– se amparan en la jurisdicción de San Luis,
logrando el apoyo del Justicia Mayor del Ayuntamiento, doctor Rafael Miguel
Vilchez. No sabían los ingenuos comuneros que la nota en que se les daba
generosa acogida había sido escrita por el propio Hurtado de Lara para
estimularlos en su rebeldía.
En Córdoba, en tanto, se nombraría mediador a Juan
Tiburcio Ordóñez, con la consigna de realizar tratativas para lograr un acuerdo
con el “Común”. El emisario envía una nota anunciando que su campamento se
instalaría “al naciente de la capilla de Pocho”. El encuentro reviste
particular significación pues Basilio Quevedo no sólo exige la expulsión
definitiva del Maestre de Campo Isasa y del Juez Tordesillas, por el ejercicio
discrecional y despótico de sus cargos, sino además un largo petitorio que
sorprendió al comisionado. Ninguna exigencia popular y comunitaria se había
dado en aquella jurisdicción, ni en otra del Virreinato. La letra manuscrita
exudaba el estado de exaltación victoriosa de la gleba serrana, exigiendo,
entre otros aspectos importantes, que “ningún hombre europeo gobernara el
valle”; que no se necesitaban maestres de campo; y que la designación de los
capitanes debía corresponder al “Común”, y en particular a Basilio Quevedo,
porque conocía a su gente. Todo ello sin auxilio de ningún juez. Y en un acto
extremo del arrojo utópico que intuye su poca duración, solicita se les
entreguen las armas pagadas con anterioridad –con plata y caballos– a Isasa,
como también un perdón general y seguro para que no se culpe a ninguna persona
en particular del levantamiento.
El 28 de abril de 1774 se produce el llamado “Pacto
de los Chañares”, en el que se concede lo exigido. Pero no todo iba a terminar
bien. Los cabildantes de Córdoba rechazaron el convenio por considerar a los
sublevados “delinquentes de atroz delito”, designando inmediatamente al coronel
de milicias, José Benito Acosta, como gobernador de Armas, quien debe
trasladarse hasta el lugar para exigir la rendición de los alzados. La
desautorización de Ordóñez inquietó a los comuneros, dispuestos a enfrentar a
las fuerzas militares con lanzas y a caballo. Desde Panaholma, el Gobernador de
Armas envió un emisario para intimarlos pacíficamente a que se presentaran de a
dos, pero los amotinados respondieron por carta que no resultaba conveniente
ese trámite individual, temían ser burlados, pero Acosta les hizo saber que si
no se retiraban a sus casas serían sentenciados a la pena de muerte. Basilio
Quevedo y sus hombres ansiaban ser escuchados por las verdaderas autoridades y
no por simples emisarios que actuaban en nombre de ellas. “Los reyes han de
querer/ averiguar este caso, / y más tan cerca del paso y jornada que han de
hacer./Concertaos todos a una en lo que habéis de decir./ ¿Qué es tu
consejo?/Morir/diciendo Fuente Ovejuna”/
Desde un cielo lleno de nubarrones oscuros los cóndores desafiaban con sus
vuelos a los rústicos hombres que cruzaban la Sierra Grande rumbo a Córdoba. No
alcanzaron a llegar porque fueron interceptados y muchos despachados hacia la
frontera. “Dividir para reinar”, había aconsejado el gobernador de Armas, sin
saber que aquellos baquianos –conocedores de todos los rincones y quebradas–
burlarían a sus captores para reunirse otra vez a los comuneros. Apelando a una
estrategia perversa, el coronel Acosta envía a un chasqui hacia Córdoba,
anunciando que los rebeldes bajaban hacia la ciudad para tomar represalias en
el propio corazón mediterráneo. La gente se alarma tanto que el gobernador
Martínez solicita que se preparen para la defensa. Los cordobeses capitalinos
sacan a relucir poderosas armas para enfrentar a un reducido grupo de
desarrapados rebeldes.
No conforme con su maquiavélica estrategia, Acosta
les corta el paso con sus milicianos en cercanías de Copina, y pide allí al
vicario Pedro José Gutiérrez que convenza a los rebeldes a que entreguen las armas.
Los revoltosos aceptan.
“Su majestad habla, en fin/ como quien tanto ha acertado.
/ Y aquí, discreto senado/Fuente Ovejuna da fin”, dice Lope de Vega al concluir
su tragedia.
No sucede lo mismo con nuestros autóctonos
revolucionarios. Desprovistos de armamento y fatigados, pronto comprenden que
es ilusorio pedir justicia al otro lado del cordón de piedra. Ingresan a la
ciudad arrastrando grillos en sus pies para quedar prisioneros en el Colegio de
los Jesuitas.
Desaparecen las esperanzas, pero el cabecilla,
Basilio Quevedo, no declina en su intención de exponer la verdad del “Común”
ante los doctos magistrados. Aquellos lo observan como a un canalla insurrecto.
Como a un subversivo. ¿Conclusión? De los iniciales 200 comuneros alzados
quedan sólo 16 hombres vencidos que se arrinconan en una celda oscura.
Comprenden que han creado un espejismo efímero de libertad. En tanto, el
Maestre de Campo, José de Isasa, es reintegrado a sus funciones, y el juez Tordesillas
repuesto en su cargo.
Vuelta
a la normalidad
Un año después, el abogado que se encarga de la
defensa de los comuneros asegura que “el estado de Basilio Quevedo es tan
miserable que horroriza mirarlo”. El reo, postrado en un rotoso camastro, es
una suma de heridas infectadas. En Traslasierra, en tanto, se acentúa el
hostigamiento. Nadie protesta. Aislados como nunca, los hombres y mujeres
deciden guardar sus semillas de rebeldía en cacharros de arcilla o en tejidos
de lana, pues el futuro les ha dado la espalda
Al perder vuelo, el eco de sus voces se acurruca
dócil en los ranchos. Fuenteovejuna es sinónimo de sublevación popular pero
Córdoba desconoce, o amordaza, su propio patrimonio heroico en ese
terreno.
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