miércoles, 1 de mayo de 2019

Estudios y conclusiones sobre la Fundación de Villa Dolores (Archivo digital)



Los pueblos en su andar necesitan elaborar referencias materiales y simbólicas que le permitan la construcción de sentidos comunes, horizontes que posibiliten pensarnos y también sentirnos parte de una comunidad.



Es responsabilidad de las instituciones el valorar, preservar y actualizar estas referencias, que podemos entenderlas como nuestras herencias.

El recordar implica traer al presente una parte del pasado, y estas decisiones, en tanto intervienen en nuestra vida común,  son políticas. Demuestran el interés y el compromiso de quienes las emprenden.

Cabe decir además, que a cada generación le corresponde su propia cita con su pasado. Le compete por lo tanto, volver a leer, mirar, buscar, conservar, actualizar el legado.

La determinación del 21 de abril de 1853 como día fundacional de nuestra ciudad, ha sido producto de importantes trabajos y estudios emprendidos durante años por la Junta Municipal de Historia de Villa Dolores.  Respaldada además por la investigación y las conclusiones de la Comisión de Estudios Históricos creada por el entonces intendente Melchor Martino en 1988.

A continuación se comparte el pdf. la publicación realizada por la Junta Municipal de Historia de Villa Dolores que incluye las conclusiones de dicho estudio. 





Villa de Pocho: un nuevo aniversario del Pacto de los Chañares


El domingo 28 de abril la comunidad pochana conmemoró un nuevo aniversario del Pacto de los Chañares la localidad de Villa de Pocho es testigo cada año de esta tradicional celebración organizada por el grupo solidario Compromiso Pochano que recuerda el primer grito libertario de América en contra de la opresión española. AMPLIAR
 A continuación compartimos un artículo escrito por la escritora Isabel Lagger.

Una desconocida Fuenteovejuna 

en Traslasierra


Por Isabel Lagger. Escrito en 2004. Fuente: La voz del Interior

Hace exactamente 260 años, cuando Córdoba pertenecía al Virreinato del Perú y desconocía los límites interprovinciales actuales, tuvo lugar, en un rincón de Traslasierra, una revolución comunera de la que poco se habla

El alzamiento, minúsculo en número pero de marcada significación respecto a las ideas libertarias, estrenaría la efervescencia revolucionaria mucho antes del 25 de mayo de 1810. Si Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, significa una toma de conciencia del poder popular frente al despotismo de un comendador, ésta bien puede considerarse la réplica autóctona del mismo hartazgo. Conviene evocar tales acontecimientos porque constituyen los primeros pasos hacia la libertad. Son, en definitiva, un auténtico gateo de nuestra civilidad. 



Los acontecimientos 

“Haciendo averiguación/ del cometido delito, / una hoja no se ha escrito/ que sea en comprobación; pues conformes a una, / con un valeroso pecho, / en pidiendo quien lo ha hecho, / responden: Fuente Ovejuna”, dice en sus tramos finales la tragedia de Lope de Vega. 

Dos siglos después de haber sido publicada, se produciría la mencionada epopeya libertaria en Traslasierra. Aún no se había declarado la independencia de los Estados Unidos, ni había estallado la Revolución Francesa y restaban cuatro años para que se produjera el nacimiento del general San Martín. Unos 260 años atrás, la idea del “Común” cobraría fuerza y valor –aunque por breve lapso– al dejar de lado los dolores individuales para fortalecerse junto al otro. A ese sentimiento conjunto debemos la compulsiva acción del grupo de serranos que enfrentaría a un déspota virreinal en nuestras tierras (Córdoba pertenecía entonces al Virreinato del Perú y habría de esperar dos años todavía para que se creara el Virreinato del Río de la Plata, que la incluiría dentro de su jurisdicción). Pero el acontecimiento protagonizado por un puñado de hombres alzados que clamaban “Vox populi… vox Dei” ha sido misteriosamente olvidado en Córdoba.

A principios del siglo XVIII, en el austero caserío de la región de Pocho, el constructor Juan Pedro Perales levantaba la capilla de San Francisco Javier, a pedido de doña Flora Brizuela, sin saber que esa casa de oración habría de ser después el epicentro de un incendio revolucionario que alteraría el resignado ambiente rural. Unos 27 años antes, en un rancho escondido en las inmediaciones –más precisamente en Punta de Agua– había llegado al mundo Basilio Quevedo, protagonista de relevancia de esta historia. Este “Quijote” serrano lideraría a campesinos hartos del vasallaje, sin conocer, como el manchego, libros de caballería ni de ninguna otra especie. Contaba sí con 200 escuderos armados con chuzas, cuchillas, macanas y boleadoras para emprender la gesta. No uno solo, como Sancho Panza, sino dos centenas de iguales –aferrados a la idea del “Común”– y dispuestos a alzarse contra las arbitrariedades de las autoridades locales. Como su émulo de Fuente Ovejuna, el Maestre de Campo, José de Isasa, ejercía función de juez Civil y Comercial con sentido despótico. Su palabra, por lo tanto, no admitía réplicas. 

Desde ese absolutismo, dos meses antes del acontecimiento en cuestión, dispondría no aceptar al párroco enviado por el Obispado en reemplazo del cura del lugar, el doctor Tomás Tadeo Funes. Sus deseos jamás se cuestionaban. No obstante, y debido a la dimensión del oponente, difundió entre los vecinos y capitanes de milicia la idea del “común”. Se proponía involucrarlos para que ellos impidieran que el nuevo prelado, doctor Alberto Guerrero, tomara contacto con la feligresía. El “amo y señor” sentenció –en alianza con el también déspota y antojadizo juez Pedáneo, José de Tordesillas, y ni un “aleluya” pudo exclamar el designado párroco Guerrero ante quienes proferían a gritos que la suya era la voz de Dios, a instancias de Isasa. 

Pero las ideas suelen tener un efecto bumerán en ocasiones. Descubrir que unidos tenían otra entidad produjo enorme sorpresa entre el campesinado, aun cuando secundaran al todopoderoso señor de la región. Pero no todo estaba dicho. Cuando las autoridades eclesiásticas amenazaron denunciarlos como sediciosos ante el Santo Tribunal de la Inquisición, se produjo un notable viraje en la actitud de José de Isasa. El terror que le infundían los inclementes jueces lo impulsaría a proponer una tregua, que consistiría en la promesa de envío, como prenda de paz, de 200 de sus milicianos a la frontera sur. Todo esto sin consultar a sus “comuneros”.
“La sobrada tiranía/ y el insufrible rigor/ del muerto comendador ,/ que mil insultos hacía,/ fue el autor de tanto daño. Las haciendas nos robaba/ y las doncellas forzaba/ siendo de piedad extraño/”, parecía dictar Lope de Vega en los oídos comuneros. 



Ninguno había leído el libro, ni siquiera conocían su existencia, pero reaccionaron al saberse poseedores de un poder desconocido. Se rebelan entonces contra los designios del Maestre de Campo y del propio juez Pedáneo, y el 3 de abril de 1774 un clamor desconocido se escucha en Traslasierra. Un clamor que hace caer los primeros eslabones de una cadena, tras el cual pasan de ser dominados a dominadores. 

Los poderosos son llevados prisioneros. Isasa a San Luis de la Punta, y el juez Tordesillas a Río de la Punta. Un odio momentáneo irrumpe entre los comuneros y no falta quien proponga atar al juez a la cola de un caballo como escarmiento, pero alguien controla la barbarie. Seis años más tarde, en la plaza principal de Cuzco sería descuartizado el inca Túpac Amaru por encabezar una rebelión semejante. La de Traslasierra, es pues, el antecedente pocas veces nombrado de la rebelión popular más importante de la historia colonial de América. “Cuando se alteran los pueblos agraviados, y resuelven,/ nunca sin sangre o sin venganza vuelven”.

Los comuneros serían comandados por Cipriano Hurtado de Lara, pero al producirse la fuga de Isasa, cede el bastón de mando a Basilio Quevedo. (Isasa llega hasta Punta de Agua para denunciar el alzamiento. Necesitaba suavizar con ese gesto sus “pecados demagógicos”). Un nativo del lugar, Quevedo, ocupa entonces el centro de la escena, secundado por valientes campesinos y por el cura de San Javier, el presbítero Bartolomé Moreno. “Juntad el pueblo a una voz/ que todos están conformes/ en que los tiranos mueran”.

Luego de rápidas gestiones del común, el Obispado admite que el padre Guerrero no ocupe el cargo en la región. Los rebeldes –temiendo posibles argucias– se amparan en la jurisdicción de San Luis, logrando el apoyo del Justicia Mayor del Ayuntamiento, doctor Rafael Miguel Vilchez. No sabían los ingenuos comuneros que la nota en que se les daba generosa acogida había sido escrita por el propio Hurtado de Lara para estimularlos en su rebeldía.

En Córdoba, en tanto, se nombraría mediador a Juan Tiburcio Ordóñez, con la consigna de realizar tratativas para lograr un acuerdo con el “Común”. El emisario envía una nota anunciando que su campamento se instalaría “al naciente de la capilla de Pocho”. El encuentro reviste particular significación pues Basilio Quevedo no sólo exige la expulsión definitiva del Maestre de Campo Isasa y del Juez Tordesillas, por el ejercicio discrecional y despótico de sus cargos, sino además un largo petitorio que sorprendió al comisionado. Ninguna exigencia popular y comunitaria se había dado en aquella jurisdicción, ni en otra del Virreinato. La letra manuscrita exudaba el estado de exaltación victoriosa de la gleba serrana, exigiendo, entre otros aspectos importantes, que “ningún hombre europeo gobernara el valle”; que no se necesitaban maestres de campo; y que la designación de los capitanes debía corresponder al “Común”, y en particular a Basilio Quevedo, porque conocía a su gente. Todo ello sin auxilio de ningún juez. Y en un acto extremo del arrojo utópico que intuye su poca duración, solicita se les entreguen las armas pagadas con anterioridad –con plata y caballos– a Isasa, como también un perdón general y seguro para que no se culpe a ninguna persona en particular del levantamiento.

El 28 de abril de 1774 se produce el llamado “Pacto de los Chañares”, en el que se concede lo exigido. Pero no todo iba a terminar bien. Los cabildantes de Córdoba rechazaron el convenio por considerar a los sublevados “delinquentes de atroz delito”, designando inmediatamente al coronel de milicias, José Benito Acosta, como gobernador de Armas, quien debe trasladarse hasta el lugar para exigir la rendición de los alzados. La desautorización de Ordóñez inquietó a los comuneros, dispuestos a enfrentar a las fuerzas militares con lanzas y a caballo. Desde Panaholma, el Gobernador de Armas envió un emisario para intimarlos pacíficamente a que se presentaran de a dos, pero los amotinados respondieron por carta que no resultaba conveniente ese trámite individual, temían ser burlados, pero Acosta les hizo saber que si no se retiraban a sus casas serían sentenciados a la pena de muerte. Basilio Quevedo y sus hombres ansiaban ser escuchados por las verdaderas autoridades y no por simples emisarios que actuaban en nombre de ellas. “Los reyes han de querer/ averiguar este caso, / y más tan cerca del paso y jornada que han de hacer./Concertaos todos a una en lo que habéis de decir./ ¿Qué es tu consejo?/Morir/diciendo Fuente Ovejuna”/


Desde un cielo lleno de nubarrones oscuros los cóndores desafiaban con sus vuelos a los rústicos hombres que cruzaban la Sierra Grande rumbo a Córdoba. No alcanzaron a llegar porque fueron interceptados y muchos despachados hacia la frontera. “Dividir para reinar”, había aconsejado el gobernador de Armas, sin saber que aquellos baquianos –conocedores de todos los rincones y quebradas– burlarían a sus captores para reunirse otra vez a los comuneros. Apelando a una estrategia perversa, el coronel Acosta envía a un chasqui hacia Córdoba, anunciando que los rebeldes bajaban hacia la ciudad para tomar represalias en el propio corazón mediterráneo. La gente se alarma tanto que el gobernador Martínez solicita que se preparen para la defensa. Los cordobeses capitalinos sacan a relucir poderosas armas para enfrentar a un reducido grupo de desarrapados rebeldes. 


No conforme con su maquiavélica estrategia, Acosta les corta el paso con sus milicianos en cercanías de Copina, y pide allí al vicario Pedro José Gutiérrez que convenza a los rebeldes a que entreguen las armas. Los revoltosos aceptan.

“Su majestad habla, en fin/ como quien tanto ha acertado. / Y aquí, discreto senado/Fuente Ovejuna da fin”, dice Lope de Vega al concluir su tragedia. 

No sucede lo mismo con nuestros autóctonos revolucionarios. Desprovistos de armamento y fatigados, pronto comprenden que es ilusorio pedir justicia al otro lado del cordón de piedra. Ingresan a la ciudad arrastrando grillos en sus pies para quedar prisioneros en el Colegio de los Jesuitas.
Desaparecen las esperanzas, pero el cabecilla, Basilio Quevedo, no declina en su intención de exponer la verdad del “Común” ante los doctos magistrados. Aquellos lo observan como a un canalla insurrecto. Como a un subversivo. ¿Conclusión? De los iniciales 200 comuneros alzados quedan sólo 16 hombres vencidos que se arrinconan en una celda oscura. Comprenden que han creado un espejismo efímero de libertad. En tanto, el Maestre de Campo, José de Isasa, es reintegrado a sus funciones, y el juez Tordesillas repuesto en su cargo. 

Vuelta a la normalidad

Un año después, el abogado que se encarga de la defensa de los comuneros asegura que “el estado de Basilio Quevedo es tan miserable que horroriza mirarlo”. El reo, postrado en un rotoso camastro, es una suma de heridas infectadas. En Traslasierra, en tanto, se acentúa el hostigamiento. Nadie protesta. Aislados como nunca, los hombres y mujeres deciden guardar sus semillas de rebeldía en cacharros de arcilla o en tejidos de lana, pues el futuro les ha dado la espalda

Al perder vuelo, el eco de sus voces se acurruca dócil en los ranchos. Fuenteovejuna es sinónimo de sublevación popular pero Córdoba desconoce, o amordaza, su propio patrimonio heroico en ese terreno. 
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domingo, 28 de abril de 2019

Pueblos originarios y arqueología de Córdoba

CanalEncuentro en 2011 produce el siguiente documental sobre nuestros Pueblos Originarios.

Sinopsis: ¿De dónde venimos los argentinos? Pese a los mitos y prejuicios, la Argentina es mestiza. Nos acercamos a la mirada y a la voz de los pueblos originarios, en toda su diversidad y riqueza, para reconocer en nuestro país una sociedad multicultural y establecer el protagonismo pasado y actual de los primeros habitantes de este suelo. Pueblos como el tehuelche, el mapuche, el toba, el selk’nam, el mbya guaraní y muchos otros toman la palabra, cuentan su situación y comparten su pensamiento. Pasado, presente y futuro de pueblos que constituyen también la identidad nacional.





Canal Encuentro ofrece, a cargo del arqueólogo Daniel Schávelzon, una aproximación a los Pueblos Originarios de Córdoba. 





viernes, 26 de abril de 2019

Los Pueblos Originarios de Traslasierra (Programa La Otra Mirada)

Los Pueblos Originarios de Traslasierra,

El 15 de noviembre de 2018 el Programa La Otra Mirada publica la siguiente entrevista al historiador Nicolás Debernardi, Miembro de la Junta Municipal de Historia de Villa Dolores y autor del cuadernillo "Los Pueblos Originarios de Traslasierra". 



La fundación de Villa Dolores: un acontecimiento del siglo XIX

El presente artículo fue publicado en en el Diario "Democracia" el día 22 de Abril de 2019.

Foto: construcción de la Fuente en la Plaza Mitre.

La década de 1850 se inicia con un cambio rotundo en la vida argentina; el fin del rosismo dará lugar a la concreción de esos proyectos de nación que se pensaron y soñaron, muchos, en el exilio. No obstante, la realidad impuso una dilata crisis, de una década, entre la Confederación Argentina liderada por Justo José de Urquiza, frente a la provincia de Buenos Aires encabezada por Adolfo Alsina y Bartolomé Mitre. Mientras tanto, desde el sur de la provincia de Córdoba extendiéndose hacia toda la Patagonia, y al norte, en la región del Chaco, las comunidades de los pueblos originarios mantendrán una relativa autonomía.
Uno de los pocos consensos que unía a casi todo el arco político en ese entonces, era la urgencia de establecer un ordenamiento jurídico e institucional claro para organizar el Estado Argentino. Por ello, se sancionará en 1853 en Santa Fe, la Constitución Nacional, que aceptará Buenos Aires recién en 1862.
En tanto en la provincia de Córdoba, el Gobernador Alejo Carmen Guzmán promoverá la formación de villas para favorecer la administración de justicia, la enseñanza pública y el régimen municipal.
De este modo, el 21 de abril de 1853, el Gobernador firmará el primer decreto que dará inicio al proceso de fundación de Villa Dolores.
Originalmente, esta disposición estableció la ubicación de la villa en el margen norte de Río de los Sauces – actual San Pedro- y  cuya denominación correspondía al nombre de ese poblado. Pero las disputas políticas y la divergencia de intereses, como así también, las perspectivas de desarrollo económico, impulsaron cambios en el proyecto original. La comisión fundadora conformada, en un primer momento, por el Dr. Ignacio Castellano, D. Genaro Funes, D. Mamerto Gutiérrez y José María Castellano, bajo influencia del párroco Pbro. Juan Vicente Brizuela, pensaron la posibilidad de su traslado al margen sur. 
El cambio del sitio al paraje Paso del León se definió finalmente a partir de las donaciones de los vecinos que, en total, sumaron 9 manzanas y 300 pesos.
La legitimidad de tal cambio se concretó con la sanción de dos decretos posteriores. El decreto del 4 de enero de 1854 que actualizaba el sitio donde debía fundarse la villa, y el decreto del 21 de julio de 1855, que abordaba la delimitación de su trazado. 
La consolidación de la fundación se hacía posible tras la clara alianza entre el gobernador Guzmán y el cura Brizuela. El cambio de Gobierno provincial, la asunción de Roque Ferreyra, modificaría sustancialmente las relaciones de poder e inauguraría nuevas disputas entre los vecinos de San Pedro –margen norte- y los de la nueva villa –margen sur-.  En 1856, el Gobernador Ferreyra otorgaba el carácter de Villa a San Pedro.
Desde entonces las dos villas compartieron el nombre, con la distinción de que la fundada en el margen sur era nombrada como “Villa Nueva de San Pedro” o simplemente “Villa Nueva”. Ésta, recién pasaría a  denominarse Villa de los Dolores en 1858.
Lic. Joaquín García Marquillas.
Junta Municipal de Historia 

¿Cómo se fundó Villa Dolores?


El presente artículo ha sido publicado en 2013 por el portal vdx.online.

Foto de 1898 de la Plaza de Dolores, como se la llamaba por entonces a la Plaza Mitre, considerada la foto de mayor antigüedad que se conoce de nuestra ciudad.

Por lo general, al acercarse un nuevo aniversario de la fundación de la ciudad, siempre me hacen la pregunta que sirve de título a esta breve reseña.
Para dar una respuesta rápida y comprensible, lo primero que tenemos que hacer es recordar que a mediados del siglo XIX el Departamento San Javier, que incluía al actual Departamento San Alberto, constituía uno de los más poblados de la Provincia de Córdoba, y en consecuencia la actividad económica de la zona era considerable, razón por la cual  el Gobierno Provincial decidió organizarlo para obtener mayores ventajas.
Con esa finalidad, el Gobernador Alejo Carmen Guzmán envía una nota, con fecha 13 de Septiembre de 1852, al Juez de Alzada de San Javier, Ignacio Castellano, señalándole el propósito de fundar una villa, y pidiéndole que consultara a los vecinos sobre el lugar más favorable para su ubicación.
Por entonces, al igual que ahora, el Río de los Sauces dividía la pedanía de igual nombre en dos bandas.
En la margen norte se había formado un vecindario bastante poblado en torno a una capilla en honor a San Pedro, y en la margen sur las extensas propiedades que pertenecían a Policarpio Cuello y a Leonor Fragua, se fueron subdividiendo debido a sucesivas transmisiones, generando así un pequeño y desordenado asentamiento.
De acuerdo a lo solicitado, el Juez de Alzada convocó a los principales vecinos del Departamento San Javier a fin de elegir el lugar en donde se debía establecer la villa, asistiendo a la misma un importante grupo de la margen norte del río. Como consecuencia de esta reunión resultó designada como asiento del nuevo pueblo la banda norte, en donde se encontraba la Capilla de San Pedro, lo que fue notificado al Gobierno, requiriéndole la designación de una comisión encargada de delinear e iniciar los trabajos de emplazamiento.
Es así como el Gobernador expidió el Decreto de fecha 21 de Abril de 1853 que en su artículo primero ordena: “Fúndase  en el Partido del Río de los Sauces, Departamento de San Javier, en donde se halla situada la Capilla de San Pedro, una Villa, que se denominará Villa de San Pedro”. El artículo segundo nombra una comisión, a tales fines, compuesta por los Sres. Ignacio Castellano (Juez de Alzada del Departamento), Genaro Funes (Comandante General del Departamento), Mamerto Gutiérrez (Juez de Primera Instancia del Partido) y José María Castellano (ciudadano).
Constituida la Comisión, se reunió el 18 de Mayo de 1853 para la delineación de la villa en la parte “norte naciente” de la Capilla de San Pedro, lo que fue resistido por los habitantes del lugar, que pretendían que la misma se diagramara en torno a una placita ya existente. La Comisión accedió al pedido, pero exigió la demolición de algunos edificios y el seccionamiento de  algunas propiedades para poder darle al trazado alguna forma “medianamente regular”. Pero los propietarios afectados se opusieron a las condiciones exigidas, lo que frustró el trazado.
Sin poder diagramar la villa debido a los problemas expuestos, los comisionados recibieron una propuesta de los Sres. Luis Argüello y Francisco Javier Moreno para fundarla en el paraje denominado “Alto de los Falcones” (llamado hoy “Alto de Castro”), ofreciendo cuatro manzanas de terreno y cuarenta pobladores dispuestos a radicarse allí.
La Comisión inspeccionó el “Alto de los Falcones”, y  consideró que era un lugar apto para crear un poblado.
Al día siguiente, cuando la Comisión y el Pbro. Brizuela se preparaban para dirigirse al “Alto de los Falcones” a proyectar la villa, se presentó Gabriel Maldonado, enviado por algunos vecinos del “Paso del León”, ofreciendo nueve manzanas de terreno y un suma de trescientos pesos en donación , si optaban por ubicarla en ese lugar de la margen sur.
Este nuevo ofrecimiento y las sugerencias del Presbítero indujeron a Ignacio Castellano a decidir una visita a ese lugar.
Según manifiesta el Pbro. Juan Vicente Brizuela, en el llamado Apéndice de Anales de 1891, José María Castellano al examinar detenidamente el terreno ofrecido exclamó: ¡“Ni Cristo pasó de la Cruz, ni yo de acá, acá será la Villa”!, y los demás comisionados prestaron su asentimiento.
Con posterioridad surgieron discrepancias de opinión. Los hermanos Castellano y el Cura Brizuela, que no era de la comisión pero influía decididamente, querían allí la villa. Mamerto Gutiérrez y Genaro Funes no compartían esa opinión, y renunciaron a la comisión al no poder hacer desistir a los otros de su nueva decisión, que resultó la definitiva.
Posteriormente el Gobernador Alejo Carmen Guzmán designa en reemplazo de los renunciantes al Teniente Coronel Fernando Reartes y al ciudadano Pedro Gutiérrez.
Ante la queja de los vecinos de la Capilla de San Pedro, el  Gobernador Guzmán ordenó revisar todos los antecedentes que mostraban las ventajas de una y otra margen del Río de Los Sauces, y -luego de analizar la cuestión- con fecha 4 de Enero de 1854 dictó un decreto complementario del dictado con fecha 21 de Abril de 1853, ordenando que la villa se levantara en el paraje del “Paso del León”.
Este último decreto no deroga al anterior, sino que autoriza que en lugar ubicar la villa en el vecindario de la Capilla de San Pedro se lo haga en el paraje “Paso del León”, donde el nuevo pueblo había comenzado a organizarse.
Larga fue la polémica sobre la fecha fundacional de Villa Dolores.
La “Comisión de Estudios Históricos”, designada al efecto por el Intendente Melchor Martino, luego de un exhaustivo análisis, determinó como fecha definitiva e irrefutable de la fundación de Villa Dolores el 21 de abril de 1853 (fecha del primer decreto), lo que fue refrendado a través del Decreto Nº 82 de fecha 2 de mayo de 1989.-
Dr. José María Estigarribia
Miembro de la Junta Municipal de Historia